domingo 3 de junio de 2007

HECHOS, NO PALABRAS

Me impresiona la facilidad de la Concertación para distorsionar comunicacionalmente la información, utilizando eufemismos y recursos sentimentalistas para engañar a los chilenos… Me impresiona aun más la reacción de los chilenos frente a esta actitud, sin poder explicarme si su pasividad se debe a la ignorancia, la ingenuidad, la desinformación o el miedo y desprotección al que se hallan sometidos también en estos gobiernos de Concertación.

Aunque éste es un problema generalizado y que se expresa con una frecuencia subliminal, pero inusitada, quiero referirme, en esta ocasión, a una situación en particular, a raíz de la afirmación de que el “zar del Transantiago” sería una figura para “proteger a los usuarios de todos los abusos” que están sufriendo.

Analicemos el asunto:

1) La creación de esta figura se plantea cobijada en la necesidad –más que cierta- de protección de los ciudadanos, pero se mantiene al referido “zar” bajo la dependencia del Poder Ejecutivo. Pregunta: ¿Es posible que este personaje nos proteja de los abusos cometidos por su “empleador”, el Poder Ejecutivo? La respuesta es clara: no. Para una protección efectiva, es necesaria la independencia del defensor. Por lo tanto, si la Concertación realmente estuviere preocupada de la protección de las personas, debería promover la creación del ombudsman o defensor ciudadano independiente (como Chile se comprometió mediante la firma de un tratado internacional que se refería a esta materia).

2) Además, la creación del “zar” se camufla tras la necesidad de evitar los abusos a los que nos hemos visto expuestas las personas que utilizamos el nombrado servicio de transporte público de pasajeros. Pero, ¿se hace mención a que estos abusos han sido avalados por el mismo Estado? Fue el propio Estado el que impulsó este sistema a medias, consciente de sus falencias… Entonces, surge la duda sobre si este supuesto “defensor” no será sino otro personaje más, encargado de aplacar las críticas al Gobierno, dedicado a elaborar excusas falaces para mantener controlados a los chilenos, y, más encima, disfrazado de una apariencia amigable al usuario. Personaje que, por lo demás, requerirá un sueldo, costeado con los recursos de todos los chilenos, pero a merced de estrategias político-electorales de un sector. Por lo demás, una figura que fuere parte de la Administración del Gobierno dependería del Ejecutivo, por lo que no tendría la autonomía suficiente para los casos en que los abusos provengan directa o indirectamente del mismo Gobierno, sea por negligencia, indolencia o ineficiencia, como sucede en el caso del Transantiago.

3) Este “zar” ciertamente requeriría de un equipo de trabajo, lo que significa mayor cantidad de funcionarios estatales, y, por consiguiente, mayor gasto de recursos fiscales para la mantención de dichos cargos administrativos (normalmente ineficientes o, simplemente, como se ha hecho costumbre en el último tiempo, instrumentos político-partidistas), lo que, al contrastarse con la deficiencia de las prestaciones de servicios básicos en Chile (salud, educación, etc.) parece, por decir lo menos, inadecuado.

4) Por otra parte, se habla de los “usuarios” del Transantiago, intentando reflejar o implantar en el subconsciente colectivo un consumo libre del servicio. Pero detrás de esta calificación lingüística, de lo que realmente se trata es de las personas que habitamos en la ciudad de Santiago, sin que tengamos una alternativa real al referido sistema de transporte (para la mayoría, no es posible costear el desplazamiento mediante taxis ni vehículos particulares). Vale la pena reflexionar sobre cómo el Gobierno nos obliga a usar un servicio monopólico (oligopólico) de pésima calidad.

5) Ahora, en caso de crearse esta figura, es de temer que, como su simple existencia pretende dar la impresión de protección de los ciudadanos en materia de transporte capitalino, lo que este “zar” decidiere no “tramitar” (no dar curso), quedaría en la más absoluta impunidad, ya que, habiendo un organismo especial competente para esta materia, la utilización de otros mecanismos podría quedar deslegitimada o estar eternamente sujeta a la intervención o pronunciamiento del “zar”.

6) No está de más señalar que la figura del “zar” históricamente hace referencia al emperador de Rusia, un régimen de monarquía absoluta. Chile es una república democrática libre. Y la introducción, políticamente dirigida, de vocablos contrarios a las ideas libertarias, puede ser la antesala de su implementación en la realidad. Tengamos cuidado…

Ciertamente los chilenos –más allá del caso del Transantiago- estamos en una situación de desprotección frente a abusos, y mayormente frente a los abusos del Estado. La solución a este problema pasa por la creación de un ombudsman o defensor ciudadano, independiente de los poderes del Estado, facultado para defender a los ciudadanos en distintas materias. En nuestro escenario hiperpresidencialista, en que el Gobierno (Poder Ejecutivo) se entromete constantemente en la labor legislativa, cada vez que envía proyectos de ley con carácter urgente para su tramitación, ¿por qué no se cumple con lo que se ha manifestado frente a la comunidad internacional de Estados y se envía un proyecto urgente al Congreso para la creación del defensor ciudadano? A ver qué tanto le importa a la Concertación la protección de las personas…

Pero, amigos, no nos dejemos engañar: las cosas se demuestran con hechos, no con palabras.

lunes 14 de mayo de 2007

PARALELO GLOBAL

Habiendo leído el discurso del recién electo Presidente de Francia (discurso 
de Bercy, 29 de abril de 2007), me parece interesante hacer un paralelo con 
la realidad política chilena, y, de paso, hacer un par de aclaraciones sobre la situación que afecta de igual forma a nuestro país, sumido en la confusión conceptual –a mi juicio, intencional por parte de muchos políticos chilenos tradicionales…
 
Sarkozy parte diciendo que «…la nación no es sólo la identidad. Es también la capacidad de estar juntos para protegerse y para actuar. Es el sentimiento de que no se está solo para afrontar un futuro angustioso y un mundo amenazante. Es el sentimiento de que, juntos, se es más fuerte, y podremos hacer frente a lo que, solos, no podríamos afrontar.   El pueblo que se moviliza, que se convierte en una fuerza colectiva, es una potencia temible que puede actuar tanto para lo mejor como para lo peor. Hagamos las cosas de manera que sea para lo mejor»...
 
Estas ideas de nación como agrupación en función de las personas y de empoderamiento de la sociedad civil, así como la consideración de la persona como criterio rector en la búsqueda del Bien Común, es una característica del pensamiento liberal, que inspira a los partidos de centro-derecha, y que la izquierda ha distorsionado comunicacionalmente, haciéndonos creer que son ellos quienes se preocupan por las personas del pueblo.  ¡Mentira, amigos!  La izquierda funciona precisamente sobre la base de la destrucción de la persona y de su instrumentalización para el beneficio del Estado, gobernado por unos pocos, que se llenan de beneficios a sí mismos, escudados en un slogan vacío, engañoso…  Y la forma de destruir a la persona es justamente tratándola no como persona, sino como un mero componente de un ente colectivo, es decir, como parte del pueblo, parte de la ciudadanía, etc., en vez de centrarse en el poblador, el ciudadano, como debe ser.  Como podrán ver, si analizan los discursos de nuestros gobernantes, en nuestro país, éste es un problema latente.    
 
Luego, hace referencia a su experiencia electoral en relación con el rescate de los parámetros morales que deben regir a la política, o sea, respecto del fondo, de la dirección, de la política en la actualidad, sosteniendo lo siguiente: «No me da miedo la palabra “moral”. Desde mayo de 1968 no se podía hablar  de moral. Era una palabra que había desaparecido del vocabulario político.  Hoy, por primera vez en decenios, la moral ha estado en el corazón de la campaña presidencial. Mayo del 68 nos había impuesto el relativismo intelectual y moral.  Los herederos del 68 habían impuesto la idea de que todo vale, de que no hay ninguna diferencia entre el bien y el mal, entre lo verdadero y lo falso, entre lo bello y lo feo. Habían querido hacernos creer que el alumno vale tanto como el maestro, que no hay que poner notas para no traumatizar a los malos alumnos, que no había diferencias de valor y de mérito.  
Habían querido hacernos creer que la víctima cuenta menos que el delincuente, 
y que no puede existir ninguna jerarquía de valores. Habían proclamado que todo está permitido, que la autoridad había terminado, que las buenas maneras habían terminado, que el respeto había terminado, que ya no había nada que fuera grande, nada que fuera sagrado, nada admirable, y tampoco ya ninguna regla, ninguna norma, nada que estuviera prohibido.
Recordad el eslogan de Mayo del 68 en las paredes de la Sorbona: “Vivir sin obligaciones y gozar sin trabas”. Así la herencia de Mayo del 68 ha liquidado a la escuela de Jules Ferry en la izquierda francesa, que era una escuela de la excelencia, del mérito, del respeto, del civismo; una escuela que quería ayudar a los niños a convertirse en adultos y no a seguir siendo niños grandes, una escuela que quería instruir y no infantilizar, porque había sido construida por grandes republicanos que tenían la convicción de que el ignorante no es libre. Pero la herencia de Mayo del 68 ha liquidado esa escuela que transmitía una cultura común y una moral compartida, cultura y moral gracias a las que todos los franceses podían hablarse, comprenderse, vivir juntos. La herencia de Mayo del 68 ha introducido el cinismo en la sociedad y en la política. Han sido precisamente los valores de Mayo del 68 los que han promovido la deriva del capitalismo financiero, el culto del dinero-rey, del beneficio a corto plazo, de la especulación. El cuestionamiento de todas las referencias éticas y de todos los valores morales ha contribuido a debilitar la moral del capitalismo, ha preparado el terreno para el capitalismo sin escrúpulos y sin ética, para esas indemnizaciones millonarias de los grandes directivos, esos retiros blindados, esos abusos de ciertos empresarios, el triunfo del depredador sobre el emprendedor, del especulador sobre el trabajador»... 
 
Cuando Sarkozy señala que se había implantado la creencia que no hay diferencia entre el bien y el mal, entre lo verdadero y lo falso, entre lo bello y lo feo, simplemente rescata, una vez más, a la persona.  La persona es esencialmente autónoma, es decir, se da normas a sí misma, toda vez que frente a cualquier situación tiene su noción del “ser” y del “deber ser”.  Este proceso lo experimentamos inconscientemente todos los días, de modo que la estrategia de derribar las normas nuevamente es el mecanismo de la izquierda para anular a la persona.  Amigos, como personas, conscientes de nuestra calidad de tales, no podemos permitir que una ideología nos ponga el pie encima, convirtiéndonos en objetos a su disposición.  ¡No nos dejemos engañar! 
 
Cuando habla de la costumbre de hacernos creer que el alumno vale tanto como el maestro, que el delincuente vale más que la víctima, etc., también nos encontramos con un problema que nos está afectando diariamente a los chilenos.  No se trata de poner al maestro por sobre el alumno ni a la víctima por sobre el delincuente en su calidad de personas, ya que las personas, como tales, y sus vidas, no son comparables.  En ese sentido, todas valen lo mismo, es cierto.  Y esto es defendido por el pensamiento liberal.  Pero sí existe una diferencia en cuanto al orden social.  El maestro tiene autoridad sobre el alumno, ya que su tarea es precisamente enseñarle, formarlo.  Y el delincuente que ha atentado con sus actos contra la sociedad, tiene una deuda con ella, y ésta tiene no sólo el derecho de aislarlo, sino el deber de hacerlo, a fin de proteger a las personas honestas que conforman la sociedad y de promover la rehabilitación del infractor.  
 
Podemos observar que también en Chile sufrimos de la mantención intencionada de las personas en la ignorancia; vemos cómo en vez de ayudar a los niños a convertirse en adultos, el Estado promueve una “cultura” que nos haga seguir siendo niños grandes; en vez de instruirnos, nos infantilizan y nos tratan como si los ciudadanos fuéramos incapaces necesitados de la tutela de “Papá Estado”; y nos privan de nuestra libertad, manteniéndonos en una ignorancia que les permita conquistar votos con simples slogans politiqueros populistas.  
 
Y, es más: ha sido la misma izquierda la que con su materialismo ha asentado un capitalismo depredador, buscando simplemente obtener beneficios económicos personales.  Más de una vez hemos visto que lo primero que los políticos de izquierda hacen al ser electos es cambiar su domicilio a una vivienda de lujo, adquirir autos de lujo, etc…  Todos hemos sido testigos de esas indemnizaciones millonarias a los cargos directivos en Chile, y de esos retiros camuflados a través de instituciones públicas para financiar sus campañas políticas y sus intereses personales; hemos visto las alianzas entre los políticos de izquierda y las grandes empresas; hemos visto cómo concesionan todo, traspasando todos los costos a los ciudadanos indefensos; cómo se han despreocupado de los trabajadores y de crear nuevas fuentes de trabajo, ya que se han dedicado a matar el emprendimiento (para qué comentar las trabas a los pequeños y medianos empresarios, y los microempresarios, que con mucho esfuerzo tratan de surgir)…  Esa izquierda que se llena la boca de utopías y bonitos discursos, pero que en la práctica se comporta como el más despiadado explotador egoísta, también existe en Chile, y está demasiado institucionalizada…  
 
Sarkozy habla también sobre “la izquierda hipócrita”, señalando que «los herederos de Mayo del 68 han degradado el nivel moral de la política.  Todos esos políticos que reivindican la herencia de Mayo del 68, dan al prójimo lecciones que jamás se aplican a sí mismos, quieren imponer a los demás comportamientos, reglas, sacrificios que jamás se imponen a sí mismos.  Proclaman: “Haced lo que yo digo, no hagáis lo que yo hago”. Ésa es la izquierda heredera de Mayo del 68, la que está en la política, en los medios de comunicación, en la administración, en la economía. La izquierda que le ha tomado gusto al poder, a los Privilegios. La izquierda que no ama a la nación porque no quiere compartir nada. Que no ama a la República porque no ama la igualdad. Que pretende defender los servicios públicos, pero que jamás veréis en un transporte colectivo. Que ama tanto la escuela pública, que a sus hijos los lleva a colegios privados. Que dice adorar la periferia, pero que se cuida muy mucho de vivir en ella. Que siempre encuentra excusas para los violentos, a condición de que se queden en esos barrios a los que ella, la izquierda, no va jamás. Esa izquierda que hace grandes discursos sobre el interés general, pero que se encierra en el clientelismo y el corporativismo. Que firma peticiones y manifiestos cuando se expulsa a algún “okupa”, pero que no aceptaría que se instalaran en su casa. Que dedica su tiempo a hacer moral para los demás, sin ser capaz de aplicársela a sí misma.  Esa izquierda, en fin, que entre Jules Ferry y Mayo del 68 ha elegido Mayo del 68, es la que condena a Francia a un inmovilismo cuyas principales víctimas serán los trabajadores, los más modestos, los más pobres.    
Ésa es la izquierda que desde Mayo del 68 ha renunciado al mérito y al esfuerzo, que ha dejado de hablar a los trabajadores, de sentirse concernida por la suerte de los trabajadores, de amar a los trabajadores; porque el valor trabajo ya no forma parte de sus valores, porque su ideología ya no es la de Jaurès o la de Blum, que respetaban a los trabajadores, sino que ahora la ideología de la izquierda es la del reparto obligatorio del trabajo, la de las 35 horas, la del asistencialismo. La crisis del trabajo es ante todo una crisis moral, y en ella la herencia de Mayo del 68 tiene una enorme responsabilidad»...
 
¡Qué lamentable que estas prácticas nos sean tan familiares!  Los chilenos ya nos hemos dado cuenta de cómo la Concertación de Partidos “Por la Democracia” le ha tomado gusto al poder, a los privilegios; esa Concertación que pretende defender los servicios públicos, pero a cuyos representantes jamás veremos en un transporte colectivo; que defiende tanto la escuela pública y la estatización de la educación, pero que a sus hijos los lleva a colegios privados; que dice adorar la periferia, pero que se cuida muy mucho de vivir en ella; que siempre encuentra excusas para los violentos, a condición de que se queden en esos barrios a los que ella, la Concertación, no va jamás; esa Concertación que hace grandes discursos sobre el interés general, pero que –también aquí- se encierra en el clientelismo y el corporativismo; que firma peticiones y manifiestos cuando se expulsa a algún “okupa”, pero que no aceptaría que se instalaran en su casa; esa Concertación que dedica su tiempo a hacer moral para los demás, sin ser capaz de aplicársela a sí misma…  El mismo problema se repite en distintos países, que se encuentran a miles de kilómetros de distancia.  ¿Por qué ocurre esta similitud?, podríamos preguntarnos.  La respuesta es simple: el problema es la ideología que se esconde en el fondo detrás de esos discursos de la centro-izquierda que suenan tan bonitos…
 
Y continúa describiendo que «la herencia de Mayo del 68 ha debilitado la autoridad del Estado. Esos herederos de los que en Mayo del 68 gritaban “CRS = SS”, toman sistemáticamente partido por los violentos, los alborotadores y los estafadores contra la policía. Lo hemos visto tras los incidentes de la Estación del Norte. En lugar de condenar a los violentos y de apoyar a las fuerzas del orden y su difícil trabajo, no se les ha ocurrido nada mejor que esta frase, que merecería ser inscrita en los anales de la República: “Es inquietante constatar que se ha abierto una fosa entre la policía y la juventud”. Como si los vándalos de la Estación del Norte representaran a toda la juventud francesa. Como si fuera la policía la que estaba actuando mal, y no los violentos. Como si los violentos hubieran destrozado todo y saqueado los comercios para expresar una revuelta contra una injusticia.  Como si el hecho de ser jóvenes lo excusara todo. Como si la sociedad fuera siempre culpable y el delincuente siempre inocente. Ésos son los herederos de Mayo del 68, que denigran la identidad nacional, que atizan el odio a la familia, a la sociedad, al Estado, a la nación, a la República… No se puede decir que se desea el orden y tomar sistemáticamente partido contra la policía. No es posible seguir denunciando la “provocación” y el “Estado policial” cada vez que la policía intenta hacer respetar la ley. No se puede decir que uno apuesta por el valor del trabajo y, al mismo tiempo, generalizar las 35 horas, seguir cargándolo con impuestos y estimular la mentalidad del asistido, del que cobra del Estado para no trabajar. No se puede decir que se desea obstaculizar las deslocalizaciones y al mismo tiempo rechazar cualquier experimentación del IVA social, que permite financiar la protección social con las importaciones. No es posible proclamar grandes principios y negarse a inscribirlos en la realidad»... 
 
Me pregunto, entonces: ¿No son demasiadas las “coincidencias”?
 
Al hablar de la filosofía política que hace de la centro-izquierda una forma política nociva, y al defender los ideales de la centro-derecha, Sarkozy sostiene que «al poner sistemáticamente los derechos por encima de los deberes, los herederos de Mayo del 68 han debilitado la idea de ciudadanía. Al denigrar la ley, el Estado y la nación, los herederos de Mayo del 68 han favorecido el crecimiento del individualismo. Han incitado a cada cual a no pensar más que en sí mismo y a no sentirse concernido por los problemas del prójimo»… a continuación, como defensor del liberalismo, corriente esencialmente de centro-derecha, rescata «la libertad individual, compensando el individualismo con el civismo, con una ciudadanía hecha de derechos pero también de deberes.  (Promueve) …derechos nuevos, derechos reales y no virtuales …un derecho real a un techo, al alojamiento. Un derecho real al cuidado de los hijos, a la escolarización de niños con minusvalías, a la dependencia para los mayores …el derecho a un contrato de formación para los jóvenes de más de 18 años, y a la formación a lo lago de toda la vida …el derecho a la caución pública para aquellos que no tienen padres, para los que no tienen relaciones, para los enfermos a los que no se les quiere prestar porque se considera que representan un riesgo demasiado elevado …el derecho a un contrato de transición profesional para los que están en paro.  Pero …que estos derechos estén equilibrados con los deberes. La ideología de Mayo del 68 habrá muerto cuando la sociedad se atreva a recordar a cada cual sus deberes, cuando en la política francesa se ose proclamar que, en la República, los deberes son la contrapartida de los derechos. Ese día al fin se habrá realizado la gran reforma moral e intelectual que Francia necesita una vez más. Entonces podremos reconstruir sobre cimientos renovados esa República fraternal que es el sueño siempre inacabado, nunca realizado de Francia desde el primer día en que tuvo conciencia de su existencia como nación. Porque Francia no es una raza, no es una etnia, ni sólo un territorio; Francia es un ideal Incansablemente perseguido por un gran pueblo que, desde su primer día, cree en la fuerza de las ideas, en su capacidad para transformar el mundo y hacer la felicidad de la humanidad»... 
 
Lo mismo se puede decir de Chile.  
 
Amigos, los invito a movernos en esa dirección.
 
 
 

domingo 6 de mayo de 2007

LA PERSONA, EL TEMA DE FONDO

En el último tiempo, en medio del torbellino de las políticas mal concebidas del Gobierno, se ha dejado entrever un problema de fondo, mucho más profundo que los ¿desaciertos? de la actual Administración… Un problema que no es culpa sólo del Gobierno de Michelle Bachelet, ni únicamente de los gobernantes que la han precedido: se trata de un asunto que es, en primera y última instancia, responsabilidad de cada uno de nosotros, los ciudadanos.

Hemos sido nosotros quienes hemos permitido el paulatino desplazamiento de nosotros mismos desde el centro de la sociedad hacia el borde. Hemos sido nosotros quienes, con nuestra pasividad, hemos permitido que implanten subliminalmente la idea de la persona al servicio del Estado, en vez del Estado al servicio de la persona, como debe ser.

¿Problemas con el Transantiago? Y el Gobierno nos dice: “Acostúmbrense, levántense más temprano, cooperen para que el sistema funcione…”; cuando los mecanismos de transporte público de pasajeros existen exclusivamente para facilitar la libertad de desplazamiento de las personas ¿Problemas con la educación? Y el Estado dice: “Dejen sus mentes en mis manos”; cuando las personas somos libres para determinar nuestro propio pensamiento... ¿Problemas con la dotación de los servicios básicos, el constante incumplimiento de las promesas gubernamentales y la permanente ineficiencia del Estado, al punto de dejar en el más profundo olvido a nuestros conciudadanos (como hemos podido observar con dolor en las localidades australes afectadas recientemente por terremotos y marejadas –y no sólo ahí)? Y el Gobierno, sólo después de varias muertes y del impacto mediático –que, dicho sea de paso, si hubiera faltado éste, probablemente no se habría hecho nada de nada, ni siquiera a posteriori- decide enviar una ayuda insuficiente; cuando los recursos que maneja el Estado son nuestros… Escándalos de corrupción, desvíos de fondos para fines electorales, que el Gobierno acalla con el tiempo, intentando distraernos con manipulación comunicacional, para que olvidemos que el Estado, una vez más, está metiendo su mano en nuestros bolsillos… Concesiones de libertad a los delincuentes comprobados, cuando precisamente las personas hemos dotado a este ente ficticio, que es el Estado, de la facultad de aplicar la sanción penal a quienes atentan contra la sociedad para resguardar nuestra seguridad… La lista es interminable. El Estado –a través de estos gobiernos- está permanentemente poniéndose como el protagonista de la historia, como el centro de la sociedad, esclavizando e instrumentalizando a las personas que le hemos permitido existir.

Nosotros, las personas, hemos ideado la ficción del Estado como una figura que nos permita convivir pacíficamente en sociedad. Es decir, el Estado no es más que una herramienta de las personas. Nosotros les pagamos el sueldo a los funcionarios públicos y a los cargos de elección popular. Nosotros los hemos creado para que nos sirvan, no para que se sirvan de nosotros. E, hilando más fino, este “nosotros” se compone de “cada uno” de nosotros. ¿Cuántos tenemos conciencia de esto? ¿Cuántos entendemos que cada uno de nosotros es empleador de las personas que integran el aparato estatal, y que, como empleadores, podemos “despedirlos”? ¿Cuántos estamos tan conscientes de que cada uno de nosotros es el eje fundamental de la sociedad y reclamamos el respeto que se nos debe? ¿Cuántos no estamos dispuestos a aguantar que un ente ficticio nos siga poniendo el pie encima?

Las personas somos un fin en sí mismo; el Estado es sólo un medio (y nótese “un”… puede haber otros). Las personas tenemos dignidad; el Estado tiene deberes hacia nosotros. Las personas somos, por definición, libres; el Estado es una cosa, con un determinado fin, al servicio de las personas.

Las personas somos personas… ¿Hasta cuándo admitiremos que nos traten como a esclavos, como cosas?

Un tema de fondo, para reflexionar…